“Los chilenos ayudaron a los ingleses en Malvinas”. “Uruguay es una provincia Argentina/ Brasileña”. “Los peruanos, paraguayos y bolivianos vienen a robarnos el trabajo”. “Los países vecinos mueven las boyas que marcan las fronteras para quedarse con nuestro territorio”. “Los argentinos son unos soberbios”. “Ecuador y Colombia son países bananeros”
Algunas de estas frases hechas, a veces acompañadas de un relato macabro de los caracteres de nuestros congéneres, me eran relatadas durante la infancia, por algún familiar e incluso por profesores. No sólo a mi me contaban estas cosas, sino a todos los Latinoamericanos. Leyenda contra leyenda, se iban alimentando viejos rencores, prejuicios y estereotipos que hacían de la convivencia en la región un ítem inexistente.
No fue algo azaroso: mirando el pasado desde la actualidad, está claro que el objetivo era enemistarnos entre nosotros. Así, Centroamérica, Colombia, México y Venezuela sólo existían para ir a tomar unas vacaciones paradisíacas a alguna de sus playas, Ecuador era el país desde donde importábamos las bananas, Perú era el Machu Picchu, Bolivia y Paraguay los países desde donde venían inmigrantes a robarnos el trabajo, Chile un vecino de mal carácter, Uruguay un país satélite, y Brasil el competidor en los mundiales de fútbol y en el torneo de “quien-es-más-amigo-de-los-Estados-Unidos”.
Ah, sí. Lo gratis. Lo queremos todo gratis salvo lo que producimos nosotros mismos, claro.
Es decir, dando por sentado que producir algo tiene un coste humano, creativo y/o material, es de agradecer que se nos deje como opción el probar o usar algo que no nos cueste un euro, teniendo como modo de compensación el ver algo de publicidad, por ejemplo.
Evidentemente, no todo vale. No me puedes cobrar un ojo de la cara (lo cierto es que puedes, pero no pasaré por el aro) por cualquier cosa, esperando que compre alegremente sin ni siquiera quejarme, meterme impuestos extra por la compra de un producto o llamarme pirata si no lo hago por los cauces que quieras. Nos morimos de hambre, dijo Rosarito. Claro. Y yo de asco, pero no tengo forma de hacértelo llegar.
Que me desvío del tema. Autor que me deja una aplicación gratis, que es buena, que me sirve… ¿por qué no pagar por ello? Y si me la dejan gratis ¿por qué no agradecerlo?.
La publicidad ha estado asociada al ser humano desde el principio de los tiempos, cuando los mercaderes hacían uso de los medios a su alcance para alabar las ventajas de sus productos —frente a los mismos en el puesto vecino— captando la atención e interés del potencial cliente y generando un deseo por el artículo muchas veces ajeno a la persona
Con la televisión, aparecieron los anuncios: herramienta estrella de la publicidad. La mayoría de nosotros hemos crecido en la era televisiva, soñando con que el helicóptero de Tulipán viniese a nuestra escuela o que los reyes nos trajesen el regalo que previamente habíamos visto en la tele.
Entonces llegaron los ochenta, con la televisión en color establecida en los hogares y las 625 líneas de imagen del sistema PAL en Europa. Mientras, los americanos comenzaban una colonización silenciosa del mundo a través del cine y la pequeña pantalla. El capitalismo se fue asentando más allá de sus propias fronteras dando paso al consumismo y cualquier -ismo que alejase a las sociedades occidentales del comunismo —aquel enemigo tangible e invisible de la década ochentera—. En las películas los malos eran malos de verdad, con un radiocasette gigante al hombro y derribando cualquier cubo de basura que se encontrasen a su paso. Los buenos, por suerte, eran buenos de verdad. Patrióticos y heroicos. Fumaban Marlboro o Lucky Strike y bebían Jack Daniel’s, haciendo que ordas de adolescentes se dedicasen a imitarles para sentirse mayores o más molones. Igualmente, el cine y la televisión nos enseñaron que tras un día duro en la oficina había que tomarse un trago o que las celebraciones especiales se regaban en champán.
Continue reading